JEUDI SAINT



Le Lavement des pieds d'Arcabas



VC 75.            « Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena [...] se levanta de la mesa [...] se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido » (Jn 13, 1-2.4-5).En el gesto de lavar los pies a sus discípulos, Jesús revela la profundidad del amor de Dios por el hombre: ¡en El, Dios mismo se pone al servicio de los hombres! El revela al mismo tiempo el sentido de la vida cristiana y, con mayor motivo, de la vida consagrada, que es vida de amor oblativo, de concreto y generoso servicio. Siguiendo los pasos del Hijo del hombre, que « no ha venido a ser servido, sino a servir » (Mt 20, 28), la vida consagrada, al menos en los mejores períodos de su larga historia, se ha caracterizado por este « lavar los pies », es decir, por el servicio, especialmente a los más pobres y necesitados. Ella, por una parte, contempla el misterio sublime del Verbo en el seno del Padre (cf. Jn 1, 1), mientras que, por otra, sigue al mismo Verbo que se hace carne (cf. Jn 1, 14), se abaja, se humilla para servir a los hombres.


VC 75.                        "Having loved his own who were in the world, he loved them to the end. And during supper ... Jesus rose ... and began to wash the disciples' feet, and to wipe them with the towel with which he was girded" (Jn 13:1-2,4-5). In the washing of feet Jesus reveals the depth of God's love for humanity: in Jesus, God places himself at the service of human beings! At the same time, he reveals the meaning of the Christian life and, even more, of the consecrated life, which is a life of self-giving love, of practical and generous service. In its commitment to following the Son of Man, who "came not to be served but to serve" (Mt 20:28), the consecrated life, at least in the best periods of its long history, has been characterized by this "washing of feet", that is, by service directed in particular to the poorest and neediest. If, on the one hand, the consecrated life contemplates the sublime mystery of the Word in the bosom of the Father (cf. Jn 1:1), on the other hand it follows the Word who became flesh (cf. Jn 1:14), lowering himself, humbling himself in order to serve others.

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